Blog turístico de Asturias
Donde nació el Camino de Santiago
31 may

Miguel Barrero

De entre todas las cualidades que reúne Oviedo, no siempre se ha mencionado su condición de kilómetro cero del Camino de Santiago. Más allá de la famosa coplilla medieval —«Quien va a Santiago / y no va a San Salvador / visita al criado / y olvida al señor»— y de reliquias tan discutidas como arraigadas en el imaginario popular, entre las que destacan el Santo Sudario o la hidra de las bodas de Caná, todavía hoy se hace necesario recordar que la capital asturiana jugó un papel determinante en el surgimiento y la consolidación de las rutas jacobeas que desde el Medievo surcan el noroeste peninsular en busca de los ancestrales dominios del finis terrae.

Plaza de la Catedral de Oviedo

Un Reino que se expandía en el siglo IX

 

Retablo de la catedral de Oviedo e imagen de San Salvador
Corría el siglo IX y el Reino de Asturias estaba en plena expansión. El monarca, Alfonso II El Casto, había trasladado la corte desde Pravia a Oviedo para fundar allí una nueva Toledo e instaurar una sede regia cuya fortaleza amedrentara a los musulmanes que dominaban más de la mitad de la Península. En ese contexto, llegó a la ciudad un emisario del obispo Teodomiro, responsable de la diócesis de Iria Flavia, que traía una noticia portentosa: en un bosque de la Gallaecia un ermitaño llamado Paio acababa de descubrir un sepulcro que cobijaba los restos del mismísimo apóstol Santiago. Faltó tiempo para que el rey y sus hombres se pusieran en camino con el propósito de contemplar con sus propios ojos el hallazgo, dando lugar así al que fue el primer Camino de Santiago. Eso es, al menos, lo que cuenta la leyenda. La realidad pudo tener visos más prosaicos, pero no menos fascinantes. En un contexto como aquél, la aparición del cuerpo de todo un apóstol en los territorios del Asturorum Regnum fue una portentosa maniobra política que ponía a tiro de piedra, de un solo plumazo, dos objetivos: de un lado, cohesionar unas tierras en las que aún afloraban de vez en cuando pequeñas rebeliones y pugnas internas; del otro, obtener aliados en el exterior y presentarse como un núcleo de poder dotado del mayor de los respaldos. El mensaje era claro: si el mismísimo Santiago reposa bajo nuestro suelo, es evidente que la divinidad nos apoya.

 

 

Un primer viaje a Santiago entre la historia y la leyenda

Puente de Gallegos, entre Oviedo y Las Regueras

A decir verdad, nadie dejó constancia escrita del itinerario exacto que siguieron el Rey Casto y los suyos. No obstante, parece lógico que anduviesen por el trazado de la calzada romana que unía Lucus Asturum (la actual Lugo de Llanera) con Lucus Augusti (Lugo) y que entroncaran allí con la que se dirigía a Bracara Augusta (Braga) pasando por Iria Flavia, en lo que es hoy el término coruñés de Padrón. Fue ésa, al menos, la vía que sí atravesaron quienes se decidieron a imitarle para conformar lo que hoy conocemos por Camino Primitivo. No fueron muchos en un principio: Alfonso II se limitó a ordenar la construcción en el lugar de un pequeño templo funerario y encomendar su custodia a unos monjes, pero el paso del tiempo hizo que aquella tumba y toda la simbología que encerraba atrajesen la atención multitudinaria de la cristiandad y se convirtieran en polo de atracción para peregrinos llegados desde distintos puntos del mapa.

Puente de Peñaflor en Grado
 

¿Pero realmente está Santiago enterrado en Compostela? Es poco probable. Los relatos que se refieren a la predicación del apóstol en Hispania se urdieron a partir del siglo V, y no parece muy creíble que una vez muerto sus discípulos acometieran desde Oriente el largo viaje en barca que habría terminado con sus huesos en tierras gallegas. Las excavaciones realizadas bajo la catedral de Santiago de Compostela mostraron al mundo una necrópolis romana, y las lecturas más heterodoxas aseveran que quien realmente duerme el sueño eterno bajo sus bóvedas románicas no es otro que el hereje Prisciliano. Sea como fuere, lo que importa es que a lo largo de la Edad Media el Camino se convirtió en un formidable transmisor de ideas, corrientes e influencias que puso en comunicación constante a los reinos peninsulares con el resto del continente.

Peregrina subiendo al Alto de La Espina (Salas)

 

El Camino Primitivo o la esencia primigenia de las peregrinaciones

 

Ermita del Cristo de los Afligidos, entre Salas y Tineo

 

El Camino Primitivo se frecuentó durante varios siglos por constituir una de las vías más seguras hacia el sepulcro apostólico. Los expertos en el asunto de las rutas jacobeas certifican que, aún en nuestros días, es el que mejor ha sabido conservar la esencia primigenia de las peregrinaciones. Frente a otros itinerarios que por su popularidad se han visto masificados y en algunos casos parecen abocados a morir de éxito a causa de la sobreexplotación, el Camino Primitivo da la oportunidad de revivir el recogimiento y la paz de espíritu que tuvo que embarcar a los romeros medievales en unos tiempos en que, con una cartografía rudimentaria y sin argucias tecnológicas, se veían sumidos en unos territorios ignotos dominados por la belleza y el silencio. No caeremos en la frivolidad de decir que poco han cambiado las cosas desde entonces, pero sí cabe señalar que, en líneas generales, el tiempo ha sido bastante respetuoso con unas tierras que, en parte por hallarse alejadas de la centralidad contemporánea, han podido y sabido mantener sus peculiaridades.

Monasterio de Obona en Tineo

El Camino Primitivo nace a las puertas de la catedral de Oviedo, justo en el lugar donde una placa indica que desde allí partió Alfonso II, para internarse en el suroccidente de la región por senderos en los que se escriben algunas de las páginas más memorables de la historia secreta de Asturias. Desde las primeras rampas que abandonan la capital hacia San Lázaro de Paniceres, y hasta coronar el Alto de El Acebo para pasar después a la provincia de Lugo, viajeros y peregrinos encuentran a su paso una amplia nómina de rincones, monumentos y parajes que recomponen retazos ocultos del pasado. La pujanza medieval de la Villa de Grado, la sencillez de la recóndita Iglesia de La Doriga, la imponencia románica y barroca del Monasterio de San Salvador de Cornellana, la pomposidad del sepulcro del inquisidor Fernando de Valdés en la Colegiata de Salas o el conjunto monástico de Obona, tan paradigmático, son algunas de las hijuelas imprescindibles en un caminar que resulta difícil describir sólo con palabras. Atravesar el Puerto del Palo, en cuya cumbre se celebró el último aquelarre del que queda constancia documental en Asturias; seguir la llamada Ruta de los Hospitales, con los vestigios de los antiguos restos de atención a peregrinos; o descender en caída libre hacia el Embalse de Salime, bajo cuyas aguas yace la memoria de los pueblos sumergidos por el progreso, constituye, más que una simple excursión, toda una inmersión en el murmullo de una memoria colectiva que sólo necesita oídos dispuestos a escucharla.

Entrada de la Ruta Jacobea en Tineo

 

La mayor calle de Europa según Carlos V

Villa de Tineo
 

El Camino Primitivo, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en julio de 2015, es una invitación a la aventura y una llamada a atender la voz de lo que somos. El emperador Carlos V dijo de las rutas jacobeas que eran la calle mayor de Europa. Johann Wolfgang von Goethe, con su solemnidad romántica, dejó escrito que las peregrinaciones a Compostela habían sustanciado cierta conciencia continental. Lo cierto es que es arriesgado dar descripciones monolíticas porque cada cual acabará teniendo su propia impresión del viaje. El Camino lo inventó Alfonso II, pero lo van haciendo día a día todas aquellas personas que se animan a reconstruirlo con sus pasos.

Pola de Allande
 

No se lo piensen mucho. El empeño vale la pena y el mundo entero, o al menos lo que de él se necesita realmente, cabe con holgura en una mochila. Lo demás va llegando por añadidura. Buen Camino.

Grandas de Salime

 

¡No te lo pienses y ven al Camino Primitivo! ¡Y aprovecha para compartir en Facebook esta fantástica experiencia!

 

Texto: Miguel Barrero

Fotos: Miguel Barrero y Turismo Asturias

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